Enterrando a Dodot

informació obra



Intèrprets:
Emma Arquillué, Laura Roig, Daniela Brown
Autor:
Pablo Macho
So:
Joan Esteve, Tute Salazar , Pablo Macho
Il·luminació:
Joan Esteve
Direcció:
Pablo Macho
Sinopsi:

Quan s'esgoten els recursos només es pot recórrer als residus. Davant d'un col·lapse ecològic irreversible, una única solució: refugis soterranis auto-abastits.

Aquesta història no és un joc de paraules. Aquesta història s'endinsa en la merda de l'ànima humana contemporània, nadant entre ideals i conformismes, entre preguntes absurdes i respostes insuficients, entre desitjos de trascendència i pèrdues d'esperança... Aquesta història parla d'avui des del demà.

Aquesta història comença quan tot ha acabat.

Entierro del amor oscuro

fuiste
de mi futuro tantas veces
que hoy eres un pasado muy presente
eras
mi tierra oscura predilecta
húmedo campo en el que reposarme
con toda el alma en llamas descubierta
a plena luz lunar
y a plena carne
eres
la orilla al sol que se recuerda
cuando en invierno es noche por la tarde

labios a flor de piel

vena con vena
sangre con sangre
pulso de los mares
serás
mi gran ficción
la verdadera
mi cárcel corporal
mi vida eterna
mis ansias de escapar
y mi cadena
la sombra más solar de mi caverna

Jesús Lizano

Crítica: Enterrando a Dodot

11/11/2021

Heces, humor y ecoansiedad

per Gabriel Sevilla

Entre Beckett y Black Mirror. Entre Final de partida y Quince millones de méritos (temporada 1, capítulo 2). Enterrando a Dodot de La Bella Otero es un híbrido difícil de definir. Una ocurrente ficción climática llena de diálogos paronomásticos, divagaciones metafísicas y humor escatológico en todos los sentidos. Porque se trata de comer excrementos para no morir, de hundirse en una escatología para evitar la otra. Su trama es conocida, aunque aún esté por venir: tras una catástrofe medioambiental que ha vuelto inhabitable la superficie de la Tierra, una corporación privada, Top Uranus, ha hecho negocio de la crisis y ha construido habitáculos subterráneos donde los supervivientes prolongan sus días, envidiando quizá a los muertos de un suicidio colectivo en Facebook, reciclando sus excrementos y alimentándose de ellos. La idea surgió en 2011 del doctor Mitsuyuki, que fabricó las primeras hamburguesas a base de heces humanas, mezcla de investigación puntera, exotismo oriental y noticias falsas. Se non è vero, è ben trovato. Las tres protagonistas de Enterrando a Dodot, las beckettianas Pipí, Popó y Papá sobreviven así, aisladas del mundo y comiendo sus propias heces recicladas.

El relato de Enterrando a Dodot se prolonga durante menos de un año, dando saltos adelante y atrás en el tiempo, encomendando cada día al estado escatológico de la cuestión: estreñimiento severo, diarrea ligera, normalidad. Las tres protagonistas comen sus desechos y pedalean sobre una bicicleta estática para generar la electricidad que necesitan. El ciclo trófico y vital cerrado sobre sí mismo, reducido a su mínima expresión. Pipí y Popó tienen sexo por aburrimiento y hablan por hablar. Y de esto último surgen las divagaciones filosóficas que dominan el tono de la función. Con fundamento o sin él (eso lo decide un algoritmo), las protagonistas se preguntan por el genio maligno cartesiano que nos hace dudar del destino o de la existencia de Dios. Tratan de poner nombre a sus relaciones cuando una pareja se rompe y se forma otra, a pesar de que no hay terceros que obliguen a nombrar nada. Se preguntan por lo que es real, por la verdad y la mentira. Y así pasa un año y la escasa hora de función de Enterrando a Dodot.

La obra mantiene el ritmo en todo momento, servida por tres actrices que especulan sobre la existencia con la misma desenvoltura con que comentan la textura de sus heces. No hay impostación intelectual, aunque los diálogos puedan tender esa trampa. Tampoco hay más guiños fáciles que los permitidos por el viejo humor escatológico de toda la vida. Enterrando a Dodot, sin embargo, renuncia al giro de guion y al clímax, mantiene a sus protagonistas hundidas en su lánguida vida confinada, se disuelve en un incierto desenlace y sólo un poco antes insinúa la pregunta inevitable: ¿vale la pena vivir así o es mejor la renuncia colectiva organizada por las redes sociales? El dilema es aterrador, pero vivimos en una sociedad que no puede permitirse no planteárselo. Enterrando a Dodot lo plantea a bocajarro y con humor. No es la primera ni será la última ecoficción sobre nuestra ecoansiedad, sino que prolonga la estela iniciada por los Julio Verne, Frank Herbert o J. G. Ballard. En estos días en que Naciones Unidas celebra su vigésimo sexta cumbre sobre el clima, entre rostros serios, palabras solemnes y escasas acciones, Enterrando a Dodot es una forma de reír por no llorar de la que se nos viene encima.