Poncia

informació obra



Direcció:
Luis Luque
Autoria:
Federico García Lorca, Kae Tempest
Sinopsi:

Dins d'una tempesta de boira, Poncia, la criada de Bernarda Alba, resa per la mort d'Adela. La casa s'ha sumit en una mar de silenci. Poncia parla sola i també amb elles, amb Bernarda Alba i les seves filles.

Crítica: Poncia

08/07/2024

La casa después de Bernarda

per Gabriel Sevilla

La casa de Bernarda Alba es lo último que Federico García Lorca pudo acabar para el teatro, poco antes de que acabaran con él en agosto de 1936 en Víznar, Granada, en alguna cuneta de cuyas señas nadie ha sabido dar parte. La casa… es, probablemente, el mejor drama de Lorca, y una terrible premonición nacional y personal. Al final del tercer acto, después de que Adela se suicide, creyendo que su madre ha matado a Pepe el Romano, el ama y señora del lugar clama “¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”. Y en cumplimiento de sí mismas, estas palabras no pudieron pronunciarse en este país durante cuarenta años.

Bernarda es la voz literaria de quienes prohibieron La casa… Y todo lo demás. La implacable guardiana del luto más severo, de la sexualidad más culpable y del qué dirán más desquiciado en esa España profunda y ancestral que, a veces, parece que vuelve. Sólo encuentra réplica en Poncia, su criada mayor, que la ha servido durante treinta años y la conoce mejor que sus cinco hijas juntas y que sus dos difuntos maridos. La casa de Bernarda es, en cierto modo, la casa de Poncia. Y Poncia es, en cierto modo, la voz de Lorca, el habla ingeniosa y deslenguada del romancero, la pulcra honradez de la pobreza, el contracanto de los de abajo, la versión oficiosa. Bernarda habla con la autoridad de la guardia civil. Poncia es la dueña moral de su hogar y de su historia.


Bernarda, Yerma y Sánchez Mejías

Luis Luque ha compuesto y dirigido Poncia como el cuento de una criada lorquiana. Empieza donde acababa La casa…, justo después de la muerte de Adela y de la conminación al silencio de Bernarda. Y en ese gesto dramático hay un fino gesto lector pero también un fuerte gesto ideológico, en que el teatro de hoy vence a la censura de ayer, hablando donde se mandaba callar. “Me callé. Nos callamos. Hasta hoy”, arranca la función. Ése es el gran acierto de Poncia, regalarle un solo al personaje respondón, dejar que la buena vasalla regañe a la buena señora que nunca tuvo. Y hacerlo en 2024, deslizando que tal vez no hayamos abandonado del todo las cuatro tristes paredes de Bernarda.

Luque ha escrito su libreto con las frases que Lorca escribió para Poncia. Pero también con las de otros personajes, como Adela o Bernarda. Y con las de otros Lorcas. La criada llora a la benjamina de las Alba con el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: “No te conoce el toro ni la higuera, / ni caballos ni hormigas de tu casa”. Replica al sexismo de su señora (“Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”) con las palabras de la Vieja Pagana de Yerma: “Los hombres (…) han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca”. Dos visiones de mundo, como quien dice dos Españas, cruzando Lorca de parte a parte, reconcentrando su lorquianismo si cabe.


Los solos de Lolita

La función acusa el cansancio, sin embargo, pasado el ecuador. Yerra algo el tiro con el hedonismo que empodera a la criada, pero la desmiente como mujer de su tiempo. También con la estetización de la escenografía, las hermosas colgaduras de gasa blanca de Mónica Boromello, que envuelven a Poncia en un refinamiento de odalisca. O con los bellos acordes al piano de Luis Miguel Cobo, extraterestres en el secano cultural de La casa… Y es cierto que hay hermosos hallazgos visuales, como la caída cenital de las cenizas de Adela, o la conversación con cinco vasos de leche como cinco hijas, bajo la cuidadísima luz lateral de Paco Ariza. La vista se recrea, pero Poncia es menos Poncia entre tanto ornamento. Falta ese fulgor de la pobreza del que hablaba Rainer Maria Rilke y que transpiran los dramas rurales de Lorca.

El gran reclamo de la noche, ni que decir tiene, es Lolita Flores, que hace una Poncia poderosísima y entrañable, con unos ascensos tonales y una sabiduría en las pausas muy raros de ver en nuestros escenarios. Si esta Poncia de Luque puede quedar para el recuerdo es por ella, por su puesta en voz y en carne del personaje lorquiano, por esta Flores que arrastra toda la gestualidad y la dicción de su apellido. La habíamos visto en la Fedra de Paco Bezerra, dirigida también por Luque, donde levantaba ella sola la función. Hizo La plaza del diamante de Joan Ollé en un recital más que meritorio. Y ahora esta Poncia, que confirma el solo como mejor formato para la onda expansiva de este portento escénico.


El encanto del spin-off

Poncia se estrenó en octubre de 2023 en el Teatro Juan Bravo de Segovia, y pasó un mes más tarde por el Teatro Español de Madrid, donde guarda una intrahistoria que vale la pena contar. Hacia 1984, cuando Miguel Narros dirigía por segunda vez el Español, encargó a José Carlos Plaza una versión de La casa… Plaza pensó en Lola Flores para el papel de Poncia pero, por motivos de agenda, no fue posible. Algo que La Faraona lamentó después en La Clave, el programa de debate de José Luis Balbín en Radio Televisión Española. Y aquel reparto de ensueño se quedó en nada. Así que, al concebir esta Poncia para el Español, Luque ofreció a la hija sacarse la espina de la madre. La elección, visto lo visto, no ha podido ser más acertada. Y cierra un círculo familiar y teatral de cuarenta años.

El otro gran acierto es volver a La casa… con un spin-off. No era fácil montar este Lorca después de las versiones del propio Plaza en el Español (1984), de Calixto Bieito en el María Guerrero (1998), de Lluís Pasqual en el Teatre Nacional de Catalunya (2009) o la maravillosa película de Mario Camus (1987). Destilar la casa entera por la garganta del pueblo llano, aparte de cambiar la mirada, aventura la recepción del clásico por senderos menos trillados. Poncia recuerda, en su monodiálogo con los ausentes, a los poemas dramáticos de Yannis Ritsos o, más lejanamente, a La más fuerte (1888) de August Strindberg, título que bien merecería Bernarda. Altibajos literarios aparte, esta Poncia, que ahora pasa por el Festival Grec, bien vale una parada en el Goya, donde estará un mes. Por Lorca, por Lolita y por romper el silencio después de Bernarda.