Protagonist

informació obra



Intèrprets:
Adam Schütt, Alexandra Campbell, Anand Bolder, Daniel Sjökvist, Eleanor Campbell, Eszter Czédulás, Eva Mohn, Gesine Moog, Jac Carlsson, Katie Jacobson, Linda Adami , Samuel Draper, Unn Faleide, Vincent Van der Plas, Tiran Willemse
So:
David Kiers
Direcció Musical:
David Kiers
Companyia:
Autor:
Thomas Hauert
Sinopsi:

Protagonist és una paràbola sobre els vincles, l’aliança i l’afecte, però també sobre l’aïllament, el control i el distanciament. És una reflexió sobre la humanitat, una història sobre la manera com es congrega la gent i la manera com adopta i accepta rols. Al llarg de tot l’espectacle, l’instint, la resistència i la compulsió esdevenen testimonis de la batalla que ha de lluitar cada individu. I en la lluita per encaixar, a la recerca d’una creença o d’un significat comuns, la comunitat va agafant forma. Aquesta gran peça amb 14 ballarins compta amb la música d’Elias, artista revelació de Suècia de l’any passat.

Les obres del coreògraf i ballarí Jefta van Dinther es caracteritzen per un plantejament físic molt rigorós. Per segon cop dirigeix una peça pel Ballet Cullberg, companyia fundada el 1967 que des dels seus inicis s’ha distingit per la seva personalitat escènica, la creativitat i la força tècnica dels seus ballarins.

Crítica: Protagonist

04/02/2018

Bailar con los ancestros

per Juan Carlos Olivares

Protagonist –la segunda coreografía que crea Jefta van Dinther para el Cullberg Ballet- trasciende el análisis convencional de un espectáculo de danza. Es evidente que se puede destacar la obsesiva concentración del movimiento en el tren superior, la preminencia del grupo sobre la individualidad, o la influencia de la cultura urbana en el rigoroso trabajo muscular, subrayada por los beats de la música de ELIAS. Se podría mencionar la decisión radical de eliminar casi por completo ese aire o aura alrededor del bailarín o bailarina para mostrar mejor su virtuosismo y la limpieza de la línea, o el borrado de fronteras de género en el reparto del repertorio coreográfico. O el contraste entre la dominante dinámica de grupo y la acentuada personalidad de cada uno de los bailarines, identificados e identificables a tal punto que después se buscan y persiguen en su incesante recorrido por el espacio asignado para desarrollar un complejo discurso sobre el ser humano como animal social.

Dinther –también autor de unos textos que se deben escuchar con atención- utiliza la compañía para desarrollar una extraordinaria tesis sobre cómo nos relacionamos, de cómo la comunicación no verbal es un código poderosísimo, de cómo estamos sujetos a rituales tribales –aunque sea un mitin-, de cómo somos capaces de pasar de una caricia a un gesto violento sólo variando levemente la intensidad del contacto; de cómo usamos el espacio para crear confrontación o reductos de protección –entre semejantes o solos-, para levantar y hacer caer puentes; de cómo nada en nuestra realidad es permanente ni unívoco; de cómo lo humano depende de nuestra capacidad de estar en permanente movimiento, también ideológico. Lo contrario nos lleva a la decadencia.

 Además logra la genialidad de incorporar coreográficamente el tiempo, creando un efecto hipnótico por el simple hecho de cuestionarnos si ante nuestros ojos se está produciendo un lento cambio o no. Un momento intenso que conecta al público con su memoria atávica. Una regresión evolutiva que se realiza con inquietante lentitud. La misma inquietud que generan esos cuerpos que se desvanecen en los márgenes y sus sombras para dirigirse a un lugar desconocido, o peor, buscándonos, nosotros, el público subyugado por la intensidad de la propuesta. Cuerpos que abandonan el cuadrilátero de luz. Extraordinario diseño de Minna Tilkkainen. La luz, como un elemento dramatúrgico más, que tanto enfoca el cambiante conjunto como el detalle de una mano casi inmóvil, objeto de atención obsesiva de una bailarina. En la primera parte incluso hay cierto efecto pictórico. El suficiente para evocar las complejas composiciones humanas de Delacroix. Quizá veamos El naufragio de Don Juan. Un fenómeno esteticista secundario, a 180° de la preciosista vacuidad de Dimitri Papaioannou.

Esa luz se transformará luego en un manto dorado uniforme cuando el espectáculo vira hacia lo primitivo y lo desnudo, y el Cullberg asume las reglas y los movimientos de una comunidad de homínidos. Una involución –o despojamiento civilizador- de una precisión documental, muy lejos de cualquier tentación de mostrarse como una parodia simiesca. Son sólo ancestros, sobre todo porque en ese estado primigenio de lo (pre)humano ya se han establecido todos los comportamientos de nuestra sociedad contemporánea. Sólo es cuestión de tiempo –y así lo demuestra Dinther en un giro coreográfico tan genial en su sencillez y fuerza de elipsis como el hueso lanzado al infinito de 2001. Una odisea en el espacio- que el homo sapiens recupere la gestualidad del presente. Es fácil porque ya estaba ahí desde el principio de los tiempos, como nuestros miedos o necesidades de protección o afecto.