La guerra no té rostre de dona

informació obra



Direcció:
Oriol Broggi
Dramatúrgia:
Oriol Broggi, Clara Segura
Intèrprets:
Clara Segura, Guillem Balart
Vídeo:
Francesc Isern
Il·luminació:
Albert Faura
Vestuari:
Nidia Tusal
So:
Oriol Broggi, Damien Bazin
Autor:
Svetlana Aleksiévitx
Sinopsi:

«La guerra femenina té uns colors, unes olors, una llum i un espai propis. Té paraules pròpies. No hi ha herois ni gestes increïbles, només hi ha persones que porten a terme una activitat humana que és inhumana.»

 Ens trobem a un espai deturat, devastat, ple de runes, la guerra és molt present, encara es pot olorar i sentir. Moltes dones que expliquen les seves històries a un periodista, històries de guerra viscudes en primera persona, com elles la viuen i la senten, com la guerra pot tenir nom de dona.

A partir de textos d’Svetlana Aleksiévitx, escriptora guanyadora del Premi Nobel de Literatura l’any 2015, Clara Segura i Guillem Balart ens ofereixen un relat colpidor de les dones que van lluitar a la guerra, i que formaran part de la memòria col·lectiva i d’una altra manera de viure el món. L’amor i la por, la mort i la claredat de dones en temps de guerra.

Crítica: La guerra no té rostre de dona

19/12/2020

Protagonistas invitadas

per Juan Carlos Olivares

Noche de estreno en la Biblioteca de Catalunya. Oriol Broggi y Clara Segura presentan un montaje con Svetlana Alexiévich como protagonista. Una coincidencia: no muy lejos se exhibe en otro escenario un monólogo a partir de una de las muchas entrevistas de la Premio Nóbel a los supervivientes de Chernóbil. El eco de esa historia resonará con fuerza en el espacio de La Perla 29. Un accidente: en el camino de regreso nace una conversación fortuita con una espectadora entrenada en la reflexión. “Es curioso el protagonismo que asume en esta función una periodista y escritora que ha basado toda su obra en desaparecer para que sean los otros y sus voces los que sean escuchados”.

Un regalo para desmadejar la inquietud de haber visto una propuesta que cumple con su intención dramática, pero que algo no encaja. Quizá por un exceso de filtros y capas. Todo lo contrario del opus de Alexiévich. Segura está impecable como su alter ego, aunque conducida hacia lo trágico. Más al servicio de la densa atmósfera de la función que a la actitud vital e intelectual del personaje. El único momento de compromiso entre ambos perfiles se produce en la ficción de una entrevista. Enfrente tiene a Guillem Balart, que concita la atención por algo tan complicado en un escenario como la buena escucha. Balart pregunta, a veces habla y muta en otros personajes -como también hace Segura-, pero sobre todo vuelca toda su intensidad como actor en absorber las palabras de su compañera en escena. Atento al relato de cómo de imposible fue para los artistas situarse tras el trauma cultural que supuso la II Guerra Mundial; cómo se silenció la experiencia de las mujeres en la guerra y posguerra, cómo se derrumbó el imperio rojo sin que quedaran sepultados sus ideales; como la guerra se hizo invisible por una nube radioactiva. Testimonios que reverberan en las paredes de la sala con un coro de grandes actrices invitadas. Escenas proyectadas que acompañan. En los libros de Alexiévich están en primer plano.

En esas páginas hay tanto discurso y tanta vida (amor y dolor) que sorprende que aun así Broggi haya rescatado material pretérito, como su estimado Mouawad o la Antígona. Son como íncubos que consumen tiempo y energía, aunque su mención sea pertinente. Sombras recurrentes, a punto de convertirse en un cliché de la casa, como el suelo de tierra. Y habría que reflexionar también sobre el uso de las pantallas a partir de la premisa de que cualquier elemento que aparece en un escenario debe enriquecer la dramaturgia. No sirve de mucho montar en vivo un rodaje -al estilo Katie Mitchell- cuando el resultado no es cine que compite con el teatro.