Terebrante

informació obra



Intèrprets:
Angélica Liddell
Vestuari:
Angélica Liddell
Escenografia:
Angélica Liddell
Direcció:
Angélica Liddell
Autor:
Angélica Liddell
So:
Antonio Navarro
Sinopsi:

El dolor és una constant en l’obra d’Angélica Liddell. Per tant, que arribés l’encreuament amb el món del flamenc només era qüestió de temps i maduresa. Com diu la mateixa artista, no cal cantar ni ballar per ser flamenc, només et cal una causa. I aquesta causa pura és el seu sofriment. Un mal de l’ànima que porta com a adjectiu el mot terebrante: el patiment causat per perforar una part del cos ja adolorida. Un dolor que no mata, embogeix. Un monòleg inspirat per la figura del cantaor gitano Manuel Agujetas i la siguiriya, un cant de vetlla, d’amor i mort, tràgic i solemne. El món de la Liddell travessat pel quejío —l’ai primigeni i atàvic— i una frase de Schopenhauer: “Cap a la bellesa pel camí del dolor”.

Crítica: Terebrante

24/11/2021

Homenaje al quejío más hondo

per Iolanda G. Madariaga

Angélica Liddel no deja de sorprendernos: cuando ya nos habíamos acostumbrado a las peroratas que, en forma de vómito, suelta en el escenario, llega con Terebrante y enmudece. No hay, en este su último espectáculo, agarre textual alguno de su autoría. Los únicos mensajes textuales son las sentencias proyectadas a modo de aforismos de Manuel de los Santos Pastor alias Agujetas. Fuera de esta notoria ausencia -que no es cosa menor-, nada hay nuevo en este espectáculo tan iconoclasta y heterodoxo como los anteriores. Antes de la colaboración de Niño de Elche en Una costilla sobre la mesa: Madre, nunca supimos del gusto de Liddell por el flamenco. Sea como fuere, Liddell -siempre poco convencional- se aleja del flamenco amable i mainstream para adentrarse en lo más hondo del cante: la seguidilla, seguiriya o, en boca del Agujetas -uno de sus mejores embajadores-, siguiriya. Un cante gitano a palo seco (sin acompañamiento de guitarra), al menos en origen, que, como el martinete o la toná, es prolífico en quejío. En este punto es donde se unen la poética de Angélica Liddell y el cante jondo de Manuel Agujetas y su particular forma de entender el flamenco: sin duende, pero con causa. Y la causa es el dolor -el título mismo es ya un retruécano al gusto barroco de Liddell.

Unidos ambos en el dolor “terebrante”-dolor infringido sobre lo ya dolorido-, Angélica Liddell despliega su universo iconográfico y sonoro en un ingente esfuerzo para acercarse a la esencia del flamenco y del quejío guiada, desde el otro lado de la Estigia, por el jerezano Agujetas. Casi cincuenta años separan Terebrante del Quejío primigenio de La Cuadra de Sevilla que se paseó por los grandes escenarios. Aquel Quejío (1972) fue el primer alegato escénico en favor de la pureza del cante. Angélica Liddell centra ahora todo su esfuerzo en buscar la esencia de lo flamenco desposeyéndolo del cante e incluso de la música de la guitarra. El bronco compás atraviesa gran parte del espectáculo y se deja sentir como el latido de la Tierra, como el mazo en la fragua. No hay cante, toque, ni baile en Terebrante; sí hay dolor y pena, la pena negra y el duelo de la separación, de la pérdida. Las imágenes se suceden ásperas e hirientes, abonando el sentido trágico de un espectáculo que es un homenaje al cante jondo personificado en el Agujetas. El despliegue es apabullante: los zapatos de bailaora calzados por Angélica inician una torpe danza atenazada por las bragas. El humo irreverente del tablao, el macho cabrío -directamente sacado de los grabados y pinturas negras de Goya- al que se rinde culto y se solicita su favor a través de lo que pueden parecer atávicos rituales recién inventados por la artista. El cordero sacrificado exhibido como el buey desollado de Rembrant, la novia oriental del gitano, el gitano y su novia. La palma del martirio paseando en bicicleta, el monaguillo, las guitarras negras como la pena y un fondo indiscutiblemente gitano. Carlos Marquerie pone todo su oficio y arte para sacar el claroscuro indispensable en cada escena, en cada objeto, en cada acción; sumando al tenebrismo pictórico de la escuela levantina y andaluza, las altas capacidades de la iluminación contemporánea. Marquerie hace de cada momento un cuadro escénico de brillante plasticidad. Todo esto culmina en una gran juerga flamenca: reiterativa, excesiva, bañada literalmente en alcohol. Un sueño alcohólico, al raso, mecido por los sonidos de la marisma, acaba el espectáculo. ¿O, acaso, es ese su inicio? Como la rueda del carro que hiere el camino con sus lanzas, no sabemos donde está el principio del dolor. Angélica Liddell no ceja en su empeño de desentrañarlo en escena.