Vent de garbí i una mica de por

informació obra



Autoria:
Maria Aurèlia Capmany
Intèrprets:
Áurea Márquez, David Anguera, Laura Aubert, Alba Florejachs, Miquel Malirach, Albert Mora , Joan Solé
Dramatúrgia:
Albert Boronat i Judith Pujol
Direcció:
Judith Pujol
Escenografia:
Maria Alejandre, Víctor Peralta
Vestuari:
Giulia Grumi
Caracterització:
Giulia Grumi
Il·luminació:
Sylvia Kuchinow
Composició musical:
Marcel Bagés
So:
Roc Mateu
Vídeo:
Carme Gomila
Sinopsi:

Un retrat àcid de la burgesia catalana

Cadaqués, Sitges i Caldetes. Diversos estiuejants gaudeixen de les vacances en situacions similars però en moments històrics molt diferents: durant el juliol del 1968, el 17 de juliol del 1936 i el 30 de juliol del 1909. A través d’aquest recorregut pel temps, l’espectacle es transforma en un mirall de l’immobilisme i l’hermetisme de la burgesia catalana.

Crítica: Vent de garbí i una mica de por

18/03/2023

595, Gran Via de les Corts Catalanes

per Gabriel Sevilla

Es sabido que la historia no se repite pero, como decía Mark Twain, a veces rima. Lo que no se suele aclarar es si rima en consonante, en asonante o si es pura redundancia ripiosa. Y no es menor, porque en esos ecos se juega que el pasado nos siga retumbando o que se oiga la cacofonía que invita a ignorarlo. Es lo que ocurre con Vent de garbí i una mica de por de Maria Aurèlia Capmany, un texto condenado, por sus rimas históricas, a enlazar con el presente o a caer en el olvido. Un texto que ataca la historia oficial y las carteleras de nuestros teatros con su pequeña historia rebelde porque, como decía Capmany, “si no hacemos la pequeña historia nunca entenderemos por qué las cosas se producen de una cierta manera y por qué en los programas teatrales barceloneses la gran historia aparente se desarrolla de una manera tan extraña”. A buen entendedor, pocas palabras.

La pequeña historia de Vent de garbí… empieza hacia 1965, cuando Ricard Salvat encarga a Capmany una obra para los alumnos de la Escuela de Arte Dramático Adrià Gual, que ambos habían fundado cinco años antes donde hoy está el Teatre Coliseum de Barcelona, en el 595 de Gran Via de les Corts Catalanes. Y Capmany hace algo sorprendente: compone un cabaret documental, tres aguafuertes de la burguesía catalana en tres selectos veranos: el de 1968, en plena resaca del Mayo francés y las protestas por la Guerra de Vietnam; el 17 de julio de 1936, en vísperas de la Guerra Civil; y el 30 de julio de 1909, durante la Semana Trágica de Barcelona. Pero Capmany no sólo compone una dramaturgia conceptual con la idea de clase como hilo conductor y una temporalidad circular, de claros ecos marxistas. Además mezcla las vanguardias internacionales con la tradición popular catalana, el Lehrtheater de Bertolt Brecht y los Living Newspapers soviéticos (popularizados por el Federal Theater Project de Roosevelt) con el sainete barcelonés. Una mezcla extrañísima que corona con una metáfora de hermoso color local: cuando sopla el viento de garbí, se avecina tormenta en Barcelona, el chaparrón veraniego que hace temer a la burguesía por sus preciosas vacaciones. En su entusiasta reseña del estreno, Salvador Espriu dijo que Vent de garbí… había inventado el “sainete profundo”. Y lo de “profundo” era importante porque Capmany hacía un humor sofisticado y autocrítico, que mostraba el “sutil desasosiego” de las clases medias catalanas y “los lamentables títeres que tal vez somos”. Un sainete consciente de que sus ataques a la burguesía eran los de unos burgueses comprometidos regañando a otros burgueses por no comprometerse ante una platea igualmente aburguesada.

Judith Pujol y Albert Boronat han devuelto a Capmany al 595 de Gran Via de les Corts Catalanes. Pero no a la vieja cúpula de la Adrià Gual, sino al actual Teatre Coliseum. No al sainete profundo, sino al sainete a secas. Y ése es el gran problema de este Vent de garbí…: que recuerda menos al experimento de Capmany que a un tradicional Gente bien de Santiago Rusiñol como pueda montarlo hoy La Cubana para el Grup Balañà. Y la fórmula de Pujol y Boronat es legítima en sí misma. Pero uno espera del TNC algo distinto a un Coliseum 2. La sensación es regresar a Capmany, no para recuperar su brillante impertinencia, sino para meterla en una vitrina. No para mantener viva la llama, como decía Jean Jaurès, sino para preservar las cenizas. Y eso, que tal vez sea un síntoma triste pero exacto de nuestro teatro, afecta a los tres ingredientes del cóctel capmanyano. Afecta al didactismo brechtiano, tan temeroso en esta versión de aburrir al público que acaba aburriéndolo de puros reparos. Afecta a unos Living Newspapers que se quedan en amables fotos sepia. Y afecta a la profundidad perdida de un sainete que vuelve orgulloso a la superficie. Lo primero no tiene mayor importancia. El problema son lo segundo y lo tercero.

El problema con los Living Newspaper de Pujol y Boronat no es sólo que no añadan el cuarto verano que traería la obra al presente, sino que su mirada museística sobre Vent de garbí… desmiente la posibilidad de veranear en los capítulos anteriores. Capmany asumió el riesgo de incrustar, entre escenas de ficción, la contingencia pura y dura, los fogonazos de una actualidad que le quemaba los dedos. Pujol y Boronat, en vez de eso, renuncian a incomodar al público e incomodarse a sí mismos con la espinosa prensa de 2023, convirtiendo a la platea en ese burgués de Caldetes que, en 1909, se conformaba con un periódico antiguo mientras esperaba el tren del correo. Es ahí donde muere la bendita rabia del Living Newspaper, asfixiado por el polvo de la hemeroteca. Y uno se pregunta si tiene sentido hacer Vent de garbí… sin ese cuarto verano. O si el mejor homenaje a Capmany no sería tomarse las mismas molestias que ella en dialogar con el presente.

La profundidad perdida del sainete, o su retorno neorrancio, puede verse en una sola escena. Es el verano de 1968 y dos bohemios burgueses de Cadaqués hablan de Chris Marker y de Jean-Luc Godard mientras desconocen la ortografía de Jordà (Joaquim) en un pedante ejercicio de name dropping. Pero Pujol y Boronat no hacen hablar a sus petimetres como la gauche divine que Capmany pudiera conocer y despreciar por su desdén ignorante de la poesía de Joan Maragall, mientras flirtean con burguesas que leen la Oda a Espanya. Los burgueses de este Vent de garbí… hablan como los burgueses gentilhombres de Rusiñol, que exhibían su paletismo comprando títulos nobiliarios o pasándose al castellano mientras erguían el meñique para sorber una insípida taza de té. Y eso no es sólo un problema de dicción y maneras, de que chirríen las voces y las muecas del figurón de comedia. Es un problema sociológico de sobremesa: Capmany no hablaba de la misma gente bien que Rusiñol ni desde el mismo lugar.

La escenografía de Víctor Peralta es funcional: unos biombos que reproducen el interiorismo de cada época ante un proscenio diáfano. Como el vestuario y la caracterización de Giulia Grumi, la escena parodia visualmente los tres momentos históricos del texto, subrayando el tono rusiñoliano y cubanesco de las interpretaciones. Sólo los vídeos de Carme Gomila recuerdan la textura documental de Capmany, enervada por estetizada, porque la fuerza plástica y política del documento está en su feísmo impertinente, en sus intromisiones de huésped no deseado. Y en esa escena amable y caricaturesca se mueven los ocho del elenco con las coreografías de Anna Rosell, que a veces fluyen suaves y a veces desdibujan dramáticamente los sketches de Capmany, dispersando la intimidad de una conversación de pareja de hombro a hombro del escenario. Nada de lo cual impide unas interpretaciones de mujeres y hombres orquesta que cumplen con creces las histriónicas exigencias del guion, tanto cantado como recitado. Intérpretes de recorrido y registros, como Àurea Márquez, Laura Aubert, David Anguera o Joan Solé, que han tenido ocasiones más propicias para mostrar su talento. Y donde brillan con luz propia los números cantados de Miriam Moukhles, cuyo hermoso timbre es de lo mejor que uno se lleva de esta función. Sólo se echan de menos, pese al mérito compositivo de Marcel Bagés y David Soler, algunas canciones del original, como ‘En la barqueta’, que retomaba con gracia la metáfora eólica del título.

Programar a Capmany en el Teatre Nacional de Catalunya era, sin duda, una deuda de larga data que la dramaturgia catalana tenía consigo misma. No sólo porque Capmany fuera mujer, catalana y feminista, una triple bandera enarbolada por la actual dirección artística del teatro público, sino porque es una de las voces más personales y auténticas, como decía Espriu, de las letras catalanas contemporáneas. En plata: porque es muy buena y se representa poco. Son magníficas noticias, en ese sentido, que se programe y se edite como libro este Vent de garbí… en el TNC de Carme Portaceli, como le había solicitado en el pandémico 2020, en una valiosa carta abierta, el crítico Oriol Puig Taulé. Los altibajos de la versión de Pujol y Boronat no deberían desalentarnos de perseverar en este intento. Porque hay otros jugosos Capmanys por descubrir, como la épica brechtiana de L’ombra de l’escorpí o el documentalismo militante de Preguntes i respostes sobre la vida i la mort de Francesc Layret, advocat dels obrers de Catalunya, todo un Portabella avant la lettre. Pero lo fundamental es no limitarse a restaurar el buen nombre de Capmany o a hincar la rodilla ante su retrato, convirtiendo la Sala Petita del TNC en un santuario familiar. Se trata de acoger su insolencia antiinstitucional en la gran institución del teatro público catalán, de bucear en las profundidades de su sainete hasta hacerlo rimar con nuestro presente, hasta que la gran historia de los programas teatrales barceloneses se desarrolle de una manera menos extraña. Y eso, obviamente, no es fácil. Pujol y Boronat han empezado, con valentía, por el Capmany más difícil, por la cumbre antes que por la falda. Y era buena idea, sin duda, volver al 595 de Gran Via de les Corts Catalanes. Ahora falta encontrar la puerta que nos lleve a la luminosa cúpula de Gual, Salvat y Capmany.