Kultur

informació obra



Autor:
El Conde de Torrefiel
Sinopsi:

A un projecte d’El Conde de Torrefiel cal anar-hi obert a la sorpresa i la curiositat. La seva obstinació amb l’enderrocament de fronteres i etiquetes continua amb KULTUR, spinoff de LA PLAZA, muntatge que flirtejava amb la instal·lació museística i que va ser guardonat amb el Premi de la Crítica 2018. Aquesta idea de la performance també domina aquesta nova proposta que enfronta l’espectador a una escena en aparença realista (un càsting que exigeix una escena de sexe explícit) per crear una experiència íntima i subjectiva, perquè adopti, ajudat per la foscor i uns auriculars, la posició d’un voyeur que espia una situació que creix en intensitat.


Crítica: Kultur

25/11/2019

Mirando qué

per Juan Carlos Olivares

Animados por el intenso misterio que dejó la experiencia de La plaza, el anterior proyecto de El Conde de Torrefiel, el espectador acude más que expectante al spin-off que han titulado Kultur, con esa “k” tan categóricamente centroeuropea. Entra con información previa. Sabe que el sexo explícito juega un rol importante en ésta su nueva propuesta. Se coloca los cascos que le ofrecen y tras una breve espera, accede a la nave de la antigua iglesia del Convent de La Mercè de Girona. Un espectáculo más de Temporada Alta, estratégicamente situado en la semana de los programadores.

Cantos gregorianos -o sus parientes corales- entran por los auriculares. Delante un set de grabación. Dos personajes murmuran. Uno, con la mochila de Glovo a la espalda, marchará. El otro se ocupa con acciones insignificantes (un bocado de sushi, un sorbo de té) mientras prepara el plató. Llega una mujer. Se despoja de bolso, chal y abrigo y entabla una conversación con el hombre. Murmuran. Lo que digan es intrascendente. La única voz que importa es de la narradora que en algún momento se ha adueñado de los auriculares. Salmodia de un diario personal. Una relación de rutinas, como las que Franz Xaver Koetz desgranaba en Request Concert (1973). Voyeurismo auditivo. La esfera de la intimidad entra directamente por el oído mientras evoluciona la acción sin especial interés en el escenario. Más palabras de atrezzo, una firma administrativa y la mujer se desnuda. Posa ante la cámara escrutadora, pronto cazadora de primeros planos que no veremos. Imágenes para el hombre y los potenciales consumidores. El lienzo blanco que cierra el espacio lo será durante toda la función.

El voyeurismo ahora también es visual. Pero sólo busca esa categoría cuando la ficción traspasa la convención artística aceptada del cuerpo desnudo y el sexo no simulado es lo único observable. Aquello que vemos es la ficción que imagina la narradora, autora de la escena. El juego de meta-ficción es interesante sin llegar ni del lejos al impacto de la aniquilación de la narratividad dramática que proponía La plaza, un brillante ejercicio sobre el tiempo. Ni siquiera desde la fácil perspectiva de la noción de escándalo o de aquello que es la frontera de lo aceptable acaba de convencer. La situación misma explica la limitación de esa idea: un festival, público de festival, un futuro de festival. La incomodidad como un invitado especial, restringida a los pocos espectadores que se escapan de ese nicho de connoiseurs teatrales.

La pornografía interpretada por profesionales es ya un ejercicio de simulación especializada para crear la sensación justa de verosimilitud para lograr el estímulo erótico deseado. En Kultur la pareja que copula son dos intérpretes que se dedican al cine porno, el mismo recurso utilizado por Roger Bernat y Tomàs Aragay en Flors hace casi dos décadas. Un acting en el que interesa más la distancia emocional entre los copulantes -una coreografiada representación de una relación sexual para la cámara digital, desde los orificios a cubrir a la mirada sensual o el gesto de éxtasis orgásmico- y su vínculo anímico con la melodía monocorde de la narradora y la frialdad explícita de la puesta en escena, que el propio hecho de presenciar una escena de sexo en vivo. Una anécdota sin ningún efecto transgresor ni en su intención artística. Lo era mucho más el infinito claustrofóbico que proponía el narrador de La plaza.