Un obús al cor

informació obra



Direcció:
Oriol Broggi, Ferran Utzet
Intèrprets:
Ernest Villegas
Autor:
Carlo Goldoni
Adaptació:
Pau Carrió
Producció:
La Perla 29
Estrena:
Temporada Alta 2016, Temporada Alta 2016
Il·luminació:
Quim Blancafort
So:
Damien Bazin (col·laboració), Roger Ábalos
Ajudant de direcció:
Paula Blanco
Sinopsi:

Un obús al cor, una bomba explosiva que replanteja de nou els vincles amb els pares, la veritat de la vida i l’avidesa de la mort. Un monòleg de Mouawad en el que trobem quasi un resum de tota la sèrie de La sang de les promeses. Un text d’un altíssim voltatge. Un treball íntim amb l’Ernest i dirigit a quatre mans.

Premi de la Crítica 2016 categoria il·luminació (Quim Blancafort)

Ernest Villegas, finalista en la categoria d'actor. Premis de la Crítica 2016

Crítica: Un obús al cor

06/12/2016

El relicario de Mouawad

per Juan Carlos Olivares

El universo literario y teatral de Wajdi Mouawad es un relicario de las experiencias vitales que han marcado su vida. En la sagrada urna guarda una guerra civil atroz en un país tan lejano y añorado. Guarda el horror que se cuela en la cotidianidad y la magia de una cultura milenaria que convive con sus muertos. Guarda el desarraigo del emigrante a nuevas y frías tierras, el sonido de una lengua familiar con otro acento y una forastera adquirida, con todo el peso d su cultura. Guarda lazos familiares deshilachados, siempre a punto de deshacer el último hilo. Y guarda un alma de artista: dramaturgo, literato, pintor. Guarda una individualidad que ha levantado entre dos mundos.

En Un obús al cor vuelve a abrir esta valiosa caja de Pandora para que salgan sus conocidos demonios. Pero esta vez lo hace como un exorcismo para superar un trance muy concreto: una pérdida asociada a un dolor muy profundo. Un dolor que cualquiera puede reconocer. Esta vez todos los fantasmas ocupan el lugar que les corresponde. Oriol Broggi y Ferran Utzet han cogido este delicado receptáculo de cristal helado de una tormenta de nieve y una llamada de la Parca para regalar al público un espectáculo con la precisión emocional de un escalpelo. Un instrumento afiladísimo en manos de Ernest Villegas que se marca un monólogo interior de extraordinario impacto escénico. Un montaje intenso sin meandros. Corriente emocional intensa sin lírica estancada, con una puesta en escena que ofrece al espectador algunas de las imágenes más hermosas que ha creado Broggi para decirlo todo sin palabras. 


Crítica El País:

Epifanía del dolor

Un obús al cor

De Wajdi Mouawad. Dirección: Oriol Broggi y Ferran Utzet. Intérprete: Ernest Villegas. Traducción: Ramon Vila. Biblioteca de Catalunya, 17 de noviembre.

En esta doble espiral de atracción entre Wajdi Mouawad y Oriol Broggi –esta vez unido a Ferran Utzet– Un obús al cor se muestra como un espectáculo de contacto incandescente. Sin moverse ni un ápice del estilo que se ha hecho familiar en la Biblioteca de Catalunya, los directores y el autor ofrecen la versión más ascética de unos universos hermanados por el roce. Todo es reconocible pero llevado al límite de lo imprescindible para que un actor se vacíe en una epifanía del dolor. Una historia de sufrimiento sin ornato de trascendencia. Una historia que empieza con una llamada intempestiva (la madre agoniza en el hospital, en la negra calle azota la tormenta) y termina con un silencio y una mirada lejana e infinita.

Es Mouawad con todas sus obsesiones. Traumas recurrentes que giran sin parar en sus textos como la casa de Dorothy en el tornado. La sorpresa es que se proyectan como precisos dardos para dejar clavado al espectador con un drama seco como una página de Richard Ford. Habrá monstruos que nacen de las entrañas de una vieja mitología pero esta vez sabemos por qué irrumpen. Identificamos el terror que los alimenta. Los directores han sido sabios en entender que es un monólogo sin meandros que requiere de muy poco para explicarlo todo. Una silla, una cortina, una lejana proyección, una mínima banda sonora, un aislado efecto y más sombras que luces. Y acompañar al actor como los padres que enseñan a un hijo a montar en bicicleta: primero sólida guía y luego alejarse para ver cómo se crece en la nueva libertad adquirida.

El actor es Ernest Villegas en su mejor trabajo actoral. Una gran interpretación que podría ser espléndida si no rehuyera los fantasmas que le observan. Hay dos momentos intensos en que parece mirar como si los espectadores fueran las erinias de su tragedia. Escrutadoras sombras que invoca para presenciar las escenas en las que su vida se agrieta con sucesos excepcionales. Dos instantes en los que el montaje –y su interpretación– adquieren otra dimensión.  Pero tiende a esculpir la figura del soliloquio, a encerrar el cuerpo sobre sí mismo por el esfuerzo de volcar los pensamientos, a secuestrar la mirada para dirigirla hacia el espacio del monólogo interior. Buscada o involuntaria, esa actitud introspectiva provoca una leve literalización de la palabra.

Y queda el maravilloso final, cuando el actor se ha quedado sin palabras. Una emotiva glosa: desde el fondo un técnico comienza a mojar la arena de la sala con una manguera. Acto concreto, en apariencia alejado de cualquier discurso dramático. Simplemente hace su trabajo. Hasta que se queda a la altura del actor y con un gesto simple crea un arco de lluvia sobre su cabeza. Algo cotidiano se convierte en una elegía para acompañar los últimos pasos del personaje.