L'Emperadriu del Paral·lel

Teatre | Musical

informació obra



Autor:
Lluïsa Cunillé
Direcció:
Xavier Albertí
Intèrprets:
Pere Arquillué, Maria Hinojosa, Sílvia Marsó, Oriol Genís, Roberto G. Alonso, Montse Esteve, Alejandro Bordanove, Mont Plans, Jordi Domènech, Aina Sánchez, Carme Sansa, Albert Mora , Chantal Aimée
Direcció Musical:
Jordi Domènech
Sinopsi:

La dramaturga Lluïsa Cunillé posa en dansa els fantasmes del Paral·lel en una gran simfonia de la bohèmia nocturna barcelonina

Pocs mesos abans que es proclami la Segona República, Barcelona plora la seva artista més estimada i aclamada: Palmira Picard, «L’Emperadriu del Paral·lel». Mentre la gran avinguda de l’oci barceloní es troba de dol, l’efervescència nocturna ha convocat al bar La Tranquil·litat tota mena d’artesans de l’escenari, pensadors llibertaris, escriptors bohemis i altres agitadors heterodoxos, que s’embriagaran a la salut i memòria de la gran celebritat.

Com una vibrant simfonia escènica, L’Emperadriu del Paral·lel de Lluïsa Cunillé fa dansar - a ritme de cuplets, proclames polítiques i agudeses tavernàries - l’ebullició popular del Paral·lel dels anys vint i el frenesí dels primers anys trenta, que aviat es veurien condemnats a empassar-se d’un sol glop tanta amargor.

Crítica: L'Emperadriu del Paral·lel

11/05/2021

Adiós sin apoteosis

per Juan Carlos Olivares

2013: la misteriosa Wanda Pitrowska invita a una fiesta post-sicalíptica en el Teatre Nacional de Catalunya. Taxi…al TNC! fue un refrescante aperitivo de las intenciones de la nueva dirección artística de Xavier Albertí. Para su despedida ha elegido un funeral con música y el séquito del gran mercado del mundo. Las exequias de la cupletista Palmira Picard, emperatriz del Paral·lel. Llámala Palmira, Raquel, Mercè o Adelita. Cualquiera de las estrellas de arrabal que daban pícaro brillo a las canciones del maestro Viladomat. Sombra de un pasado republicano entre las muchas que desfilan por esta elegía puesta en solfa por Lluïsa Cunillé. Un fulgor de nostalgia como Follies de Sondheim o Flor de nit de Guinovart. Revista luctuosa sin el alivio de la apoteosis final.

Albertí marcha con una oda sentimental a un mundo finito que conoce como nadie y ha reivindicado y dignificado con tesón militante. Activismo tan artístico como político, como el Paral·lel de antes de nuestra guerra. El espectáculo de la cultura popular repartido entre el cabaré y los mítines. Epicentro: el bar La Tranquilidad, madriguera anarquista y pistolera que en el TNC aloja un desconcertante prólogo. Si oliera a costumbrismo sería el café de Doña Rosa de La colmena; si a esperpento, el Café Colón de Luces de Bohemia, con Valle-Inclán de apuntador. Pero el código es otro, indefinido, de sala de espera de purgatorio de una troupe felliniana del varieté barcelonés, protegida por Ferrer Guardia.

Cuando el espectador aún batalla por situarse, el rojo telón sube y sube para elevarse hasta el quinto piso donde velan a la Picard. En esa colosal declaración escenográfica, comparable al retablo proletario de Street Scene de Weill, se animan por fin las mejores ideas y criaturas del director-connaisseur. Galería que es un recorrido por casi todos sus montajes dedicados a la deconstrucción del género. Historia del Paral·lel en vertical y viaje iniciático ascendente del cronista Roc Alsina (Pere Arquillué) y la elegante tabernera -quizá demasiado- Clara Cisteró (Silvia Marsó). Tamino y Pamina en el Raval. Dante y Beatrice subiendo al paraíso de la portera. La cara B de Vida privada de Sagarra para dar vida a expresionistas coreografías sin casi pies y sainetear; para que se luzca Oriol Genís con El dúo de la africana y Mont Plans se ofrezca como una de las comediantas más singulares del país. Y con nota sostenida. Para esperar sin éxito los solos musicales de Carme Sansa y Roberto G. Alonso.

Y no llega el gran chimpún, el estruendo de la última bomba anarco-musical en esa venerable sala. Albertí se deja embargar por la tristeza del adiós y L’emperadriu del Paral·lel languidece en un anticlimático lamento de lo que podría haber sido un monumento teatral a la disidencia. Desde la galería suena coral y severa “La mar está fresquibiris…”.